La primera vez que fui a Las Granadas, un mágico lugar de Guerrero al que también se le conoce como Mil Cascadas, era yo un niño. La visita la hicimos en compañía de los amigos de mis papás y entre los recuerdos que atesoro se encuentra una nube de mariposas blancas y amarillas, las enormes hormigas que habitan el lugar y, por supuesto, las cascadas que, una tras otra, asombraron a mis ojos. Al lugar regresé un par de veces más, como scout y luego dejé de frecuentarlo. Muchos años después, ya como Scouter, creí que era una excelente idea llevar a mi Sección de campamento...

Si la memoria no me falla, fue en 2008 cuando la 'genial' idea se instaló en mi cabeza. Entonces yo era Subjefe de la Comunidad de Caminantes Ollin Tonatiuh de mi grupo actual, el 296. La Jefa de la Comunidad, Manuelita, también conocía el paradisíaco lugar y no pudo estar más de acuerdo. Investigamos cómo llegar. Armamos nuestro programa. Y comenzamos la aventura... era abril.

Para llegar a Mil Cascadas hay que trasladarse a Taxco y luego tomar una combi del terror con rumbo al poblado de San Francisco Acuitlapan. Sí, leíste bien, una combi del terror. Una combi que vuela por las curvas de la carretera guerrerense con las puertas abiertas y deja ver, a cada rato, los tremendos voladeros a donde podríamos ir a parar. Llegamos sanos y salvos a San Francisco, nos colgamos las mochilas y comenzamos la caminata que lleva al paraíso. A pocos minutos de iniciar la caminata llegamos a la casa de Gala, una simpática habitante de San Francisco que se gana la vida alquilando caballos para subir y bajar a Las Granadas, vende refrescos y cervezas y prepara unos tamales deliciosos. Un poco extrañada por nuestra presencia, Gala nos saludó... era abril.

Seguimos nuestro camino. Pasamos la 'tormentosa', una subida de espanto que nos amenazaba con su inclinación para el día siguiente. Algo raro había en el ambiente, algo que no empataba con mis recuerdos. Había más piedras de las que recordaba y mucho menos verde. Todo alrededor estaba seco y nunca escuchamos el bramar del río que anuncia la cercanía a ese paraíso. Al llegar, la zona de acampado estaba desierta y la alberca natural que hay ahí estaba más bien vacía... era abril.

MilCascadasNos reportamos con don Memo, quien entonces estaba encargado del mantenimiento del lugar. Nos dijo, 'acampen donde quieran' y 'cuidado con los alacranes'. Un particular zumbido invadía todo: cigarras, cigarras y más cigarras. El calor era seco, penetrante, y tras cada paso se levantaba bajo nuestros pies una nubecilla de polvo. Montamos las tiendas, nos zambullimos en la alberca y decidimos bajar a las refrescantes pozas que hay en la cascada mayor. Pero de las cascadas, de las MIL CASCADAS, no encontramos ni una sola... era abril.

Insisto en que era abril para que no les pase lo mismo. Y es que resulta ser que el cauce de agua que alimenta a Las Granadas es un brazo del Río Chontalcuatlán, que sólo se llena en la temporada de lluvias. Y abril, pues, no es precisamente un mes que brille por sus aguaceros. A pesar de todo, fue un buen campamento. El chasco de las cascadas se convirtió en un blues y pese a que los muchachos juraron no volver a tal lugar, al año siguiente, eso sí, en septiembre, estábamos de vuelta para gozar de aquellas mil y más cascadas...

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